Llenarles La Vida De Recuerdos

#LlenarlesLaVidaDeRecuerdos


La infancia es el lugar en el que habitamos el resto de la vida

Alfred Adler


Con el paso de los años he ido comprendiendo que no hay nada más cierto que eso que Adler, médico psicoanalista y autor de la psicología individual, asegura en una sola frase que, a mi manera de ver, es el todo. No existe un solo día, una reunión familiar, un momento con amigos, en los que no saque a flote mis recuerdos para contar una anécdota, dar cuenta de lo que he hecho, de lo que hice y dejé de hacer, de lo que hicieron conmigo. Pero más allá de ello, he notado que lo hago, sobre todo, para presentarme, definirme, recordarme, y darme a conocer.


Cada vez, y con mayor intensidad, siento que son los recuerdos los que, de forma inconsciente, se activan y condicionan la manera en la que reaccionamos todo el tiempo ante diferentes situaciones. Y, al hacer esto consciente, he llegado a la conclusión de que la vida hay que llenarla de recuerdos, de recuerdos bonitos y, también, de los otros, porque todos ellos son necesarios como parte la vida misma. No hay que hacer mayor esfuerzo para ello, pues queramos o no, todos estarán ahí para formar nuestro carácter, para construir nuestra inteligencia emocional, para demostrarnos de qué estamos hechos, para poner a prueba nuestra actitud frente a la vida, y estarán, sobre todo, para confirmarnos que el mundo se construye de opuestos.


Aun así, sabiendo que no podremos evitar los malos ratos que con el tiempo harán parte de nuestros recuerdos, que sí o sí estarán, no logro entender por qué hay adultos, padres, madres, que se empeñan en avivarlos; y una vez avivados, le echan más leña al fuego como si quisieran educar niños carentes de momentos felices. Niños que, con el paso de los años, apelarán a sus recuerdos para comprenderse, y no podrán entender nada porque como decía Carlos Ruiz Zafón “una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas”.


Cuando abro mi carpeta de recuerdos, he descubierto que allí, en primera fila, aparecen los más simples. Recuerdo las idas a desayunar y a cenar donde las abuelas; el olor del chocolate, la textura de la sopa de ahuyama, el sabor único de la masa para la torta aún sin hornear. Recuerdo las idas a pescar, a acampar, a ordeñar; las tiradas en la manga a ver las estrellas, a buscarle forma a las nubes. Recuerdo las noches interminables de juegos de mesa con los primos, las idas a “puebliar”…


De manera muy especial, recuerdo la libertad en medio de la cual fui educada; no había límites para lo que, definitivamente, no lo necesitaba: andar descalza en un centro comercial o en un supermercado, salir a jugar bajo la lluvia porque no había nada igual, saltar en un charco de un pantano porque la ropa se lavaba y quedaba, aunque no igual, sirviendo para lo mismo. No había límites para, vestirme como un niño porque así era como me sentía cómoda. Jamás hubo problema con no usar la parte de arriba del bikini porque a esa edad no había “nada” que tapar; sentía que todos éramos iguales. Jamás obtuve un no por respuesta cuando en los viajes a la costa quise hacer de mis mejores amigos a los 10 hijos “negritos” del mayordomo de la cabaña que visitábamos, cuando quise dormir en la casita de barro con las paredes agrietadas en la que habitaban, o cuando prefería el sancocho de pescado que les servían a ellos en vez del plato “fino” que me ofrecían mis padres.


Fui una niña libre, sin miedos, segura de mí misma y agradecida por ver como mis padres trabajaban fuerte en lo que les gustaba, no solo para que no nos faltara nada, sino también porque a ellos eso era lo que les gustaba, y es por eso también que lo recuerdo.


Por supuesto, hay cosas de mi infancia que no recuerdo con tanto júbilo, pero como ya lo dije anteriormente, no solo han sido inevitables, sino necesarias. Gracias a ellas, y desde luego también a los recuerdos bonitos, hoy que me he convertido en mamá, he podido hacer conciencia de todo aquello que quisiera repetir con mis hijos, y de todo lo que, definitivamente, no estoy dispuesta a refrendar. Con base en ello, y sin duda alguna, el llenarles la vida de recuerdos, de recuerdos bonitos, es mi prioridad.


Me sorprendo cuando leo estas líneas hacia atrás, y en ellas, al nombrar mis recuerdos, descubro que jamás mencioné cosas materiales. No recuerdo de manera importante mis juguetes, por ejemplo. Tampoco mi primer viaje a Disney ni mis meses como estudiante viajando por Europa, quizá porque en ninguno de estos estuve con mis principales figuras de apego. Desde luego esas fueron experiencias únicas y me siento una privilegiada por haberlas tenido, pero no hacen parte de mis grandes tesoros que, contrario a lo que siempre hemos creído, están conformados por los recuerdos más simples y cotidianos; rodeados de la familia y el amor. De esos momentos a los que hago referencia, aprendí que la felicidad no es un estado, es un momento, un momento que se puede repetir cuantas veces así lo decidamos. Un momento que puede llegar de la nada o que podemos fabricar con nuestros propios recursos y hacer que realmente exista más allá de la imaginación.


Por ello, creo firmemente en que el mejor modelo de crianza, y algún día tendré que patentarlo, es el de LLENARLES LA VIDA DE RECUERDOS. Si cada acción, cada decisión que tomamos para con nuestros hijos, cada problema o conflicto que mediamos, están atravesados por la intención y el deseo de dejar en ellos un BUEN recuerdo, desaparecerán las dudas, los temores, el qué dirán y las culpas, para dar paso a niños felices, dueños de sus vidas y por ende responsables de sus decisiones; niños seguros de sí mismos y emocionalmente conscientes; pues no hay aprendizaje, ni recuerdos, sin emoción. Serán niños con su necesidad de pertenecer absolutamente satisfecha, se sentirán seres importantes porque sienten que pueden influir en lo que ocurre en su entorno. Por medio de sus recuerdos serán niños que aprenderán a empatizar, a compartir y a cooperar con otros, y que lograrán en medio de sus vivencias a reconocer los límites y las consecuencias y, de paso, a adaptarse a ellas.


Así pues que si como decía Adler “la infancia es el lugar en el habitamos el resto de la vida”, no habrá satisfacción más grande que garantizar por nuestra propia cuenta que nuestros hijos habitarán por siempre en un lugar feliz, gracias a los recuerdos que creamos para ellos.

La mayoría de las veces ni siquiera hay que crear los recuerdos, solo dejarlos suceder.


Ahorrémonos los no y guardémoslos para cuando realmente los necesitemos y tengamos que decirle que no a las drogas, por ejemplo. Ayudémosles a lograrlo, a recoger los juguetes, a tender la cama, a guardar la ropa. Con seguridad, el mensaje que les estamos enviando no es que  siempre que no puedan lo haremos por o con ellos; seguro el mensaje será el de que cuando crezcan, también terminarán ayudando a sus hijos a recoger los juguetes.


Nos hace tanta falta hacer parte de ellos, de sus cosas, de sus intereses, de sus metas y de sus propósitos… Que de ahora en adelante la definición de abrigo no sea “lo que las mamás les ponemos a los niños cuando nosotros tenemos frío”. Permitámosles sentir y decidir por ellos mismos.



Que no se nos olvide nunca que no basta con verlos jugando o ponerlos a jugar; HAY QUE INVOLUCRARSE, así ello implique saltar en los charcos con ellos y embarrarnos para que así nunca se les olvide. Centrémonos en disfrutar más que en solucionar, pues para cuando encontremos la solución ya estarán demasiado grandes. Y aunque ya hayan pasado unos años, confiemos en que como dijo Tom Robbins “Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz” y empezar a llenarles la vida de recuerdos.



Mónica Londoño Klinkert@

@molokli


Mamá de Jacobo y Florencia.

Periodista, presentadora y directora del programa Paso a Paso de Telemedellín.

Certificada en disciplina positiva.

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